Alegato sobre la sorpresa

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Hoy he visto saltar a un pato. Ayer vi a otro encaramado a un pilono de madera hundido en un canal, elevado sobre el agua y totalmente aislado. La gente que vive aquí ve patos casi cada día sin saber que vuelan y saltan. Se sonríen cuando se lo dices, asegurándote que debes estar equivocado. Pero ahí están las pruebas, ante todos. Para verlas hace falta fijarse un poquito, sentir una pequeña sorpresa. Ellos, ¿han perdido la capacidad de sorprenderse?

Sorprenderse no es solamente un acto inconsciente, también tiene su parte de habilidad y, como tal, debe ejercitarse. Lo distinto sorprende, y el modo de entrenarse para ver lo distinto no es otro que estudiar lo similar y comparar. Creo que entrenar esa manera de sorprenderse casi consciente, casi racional, merece la pena.

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Cuando lo distinto sucede siempre la sorpresa desaparece. Cuando la crisis de la arquitectura el mercado inmobiliario se alarga la sorpresa desaparece. Cuando te enfrentas al paro, al sueldo mísero y a la inactividad profesional, la sorpresa por no desear nada más, por no creer merecer nada más, por saber que puede existir algo diferente, también desaparece.

Esa sorpresa también puede entrenarse. La ambición bien entendida es un antídoto contra lo mundano y la espolea. Algunos lo llaman esperanza, pero la esperanza se me antoja una condición externa que no podemos controlar. El raciocinio de la sorpresa es una cura contra el conformismo gregario. Pero no basta desear sorprenderse, hay que sorprenderse. Sorprendámonos pues.

Commons (Public Domain)

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